Desde que recuerdo me ha gustado la comida. No recuerdo ser el tipo de niña que tenía problemas para comer, tal vez lo opuesto, comía lo que me sirvieran y cuando algo no me gustaba, revolvía todo en el plato y hacía un taco; poco podría saber mal estando enrollado en una tortilla de maíz recién hecha.

Crecí entre dos mundos, el esterilizado consultorio de la familia de mi padre y el piso siempre lleno de harina en las panaderías -también idea de mi padre- que cuidaba mi madre. Ahí hacían deliciosos pasteles de moka, Mil hojas, bolitas de pan integral para comer con mostaza y queso, Unicornios rellenos de crema pastelera y muchas más maravillas cuyos sabores todavía extraño. El gusto de mis padres para la comida es la base del mío, somos antojados y no hay vuelta de eso.

Desde joven descubrí la fotografía y la escritura, pasiones por la imagen y las letras que continúan al día de hoy, así que no debió ser sorpresa que me gustara tanto fotografiar alimentos si los libreros en casa rebosaban de libros de cocina: páginas brillantes y suaves que mostraban platillos de todo el mundo, postres, cremas, salsas, todo acompañado de un sistema exacto, de un lenguaje propio de la cocina: tzs., cdt., pizca, dente, al gusto. Una maravilla. En esa casa se crearon los Clementes, unos postres con forma de medio huevo, costra de galleta y relleno de queso dulce. Años antes, cuando nací, planearon llamarme Clementina, pero siendo de apellidos complicados prefirieron un nombre más corto. No podrían saber entonces que mi aroma preferido sería cítrico, que mi color favorito sería el naranja y que soy amante a los jugosos gajos de esta fruta.

Al final, siempre he sido una clementina con sabor a dulce vino alemán.

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