Gohan tamago

De donde yo soy, el huevo crudo es una aberración. La única manera en la que alguien lo come crudo es echándolo al chocomilk, haciendo de la dulce leche chocolatada un terror con espuma endurecida. Afortunadamente en casa no se acostumbraba y mis padres nunca fueron adeptos a imponer en mi niñez las comidas que ellos no comerían y que sufrieron en su infancia.

Acabo de leer esta nota en donde explican en qué consiste el gohan tamago o arroz con huevo crudo. Sí, crudo como cuando rompes el cascaron encima del plato y la yema babosa de escurre por todos lados. Creo que agregaría una pizca de sichimi o chile en polvo con ajonjolí pero lo probaría. Ya les contaré.

Pueden leer la nota AQUÍ.

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Imagen de extracrispy.com
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Domingo de bliny

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Hay un cierto placer en los fines de semana que asocio directamente con despertar sin alarmas, entrar en la cocina y preparar un desayuno festivo sin prisas, aún si es sólo para uno mismo. El resto de la semana desayuno algo ligero en el escritorio, ya frente a la computadora, con la esperanza de que mis compañeros de oficina no perciban algún olor que no les agrada, pero el domingo es por excelencia el día de disfrutar los alimentos y deben saberlo, realmente me gusta el desayuno.

Admito que en los últimos años he preparado múltiples tazones de masa para hotcake sin tener el resultado esperado; a veces quedan muy secos, otras muy grandes o pequeños, normalmente se desbaratan al voltearlos en la sartén o terminan pegados haciéndose carbón. Soy exigente con mis hotcakes, es rarísimo que los coma fuera de casa, me gusta que estén en el punto exacto de cocimiento y aunque voy reconciliándome con ellos, sólo mi mamá sabe el tiempo justo para logar el pastelillo perfecto. Pero las crepas son otra cosa, las crepas son lo mío.

Empecemos con que no son crepas sino bliny, pastas del Este de Europa que a diferencia de las crepas que se forman sin levadura, se hacen con harina común, además de que incluyen algunos otros ingredientes que las crepas no. Por alguna razón estos pancakes no son tan intimidantes como sus primos los hotcakes, aunque también se hagan sobre la parrilla. Aun cuando no resultan perfectamente redondos o milimétricamente delgados, los bliny son suaves, ligeros y aceptan cualquier dulce, fruta o queso para después hacer con la pasta un taquito o triángulo y comerlo con la mano o cubiertos. En realidad me recuerdan bastante a las tortillas de harina.

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Blini (20 piezas, aproximadamente)

2 tzs. de harina
3 huevos
3 cds. de azúcar
1 cdta. de sal
2 tzs. de leche
1 cdita. de mantequilla derretida

Primero hay que cernir la harina, la azúcar y la sal en un tazón mediano, después se agregan los huevos y se mezcla lo más que se pueda, se agrega la leche, primero una taza y la segunda poco a poco, lo que sea necesario para que la masa esté líquida pero espesa. Se agrega la mantequilla. Puede mezclarse con una cuchara o con batidora, pero si quedan grumos hay que usar un colador para retirarlos. Yo utilicé por primera vez una sartén con fondo de cerámica y funcionó de maravilla, apenas y utilicé mantequilla para que no se pegaran. Dejar descansar la masa por 15 minutos.

La idea es tomar la medida de la masa con un cucharón y vaciarla en la sartén a fuego bajo, mover la sartén por el mango hasta que la masa se extienda, podemos ayudarnos de la cuchara para darle forma. Una vez que la parte de arriba eche algunas burbujas, le damos vuelta y esperamos a que se cocine. A mí me gusta que se dore sólo un poco, que si es mucho no podremos enrollarla después. Una vez en el plato, agregar nutella, chocolate, plátano, fresas, crema dulce, azúcar, duraznos, cajeta o sus ingredientes dulces o salados preferidos.

Pueden también visitar el blog de Red star, Lone star, bloguera y fotógrafa rusa americana de donde tomé la primera receta que hice, antes de adaptarla.

Preámbulo

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Desde que recuerdo me ha gustado la comida. No recuerdo ser el tipo de niña que tenía problemas para comer, tal vez lo opuesto, comía lo que me sirvieran y cuando algo no me gustaba, revolvía todo en el plato y hacía un taco; poco podría saber mal estando enrollado en una tortilla de maíz recién hecha.

Crecí entre dos mundos, el esterilizado consultorio de la familia de mi padre y el piso siempre lleno de harina en las panaderías -también idea de mi padre- que cuidaba mi madre. Ahí hacían deliciosos pasteles de moka, Mil hojas, bolitas de pan integral para comer con mostaza y queso, Unicornios rellenos de crema pastelera y muchas más maravillas cuyos sabores todavía extraño. El gusto de mis padres para la comida es la base del mío, somos antojados y no hay vuelta de eso.

Desde joven descubrí la fotografía y la escritura, pasiones por la imagen y las letras que continúan al día de hoy, así que no debió ser sorpresa que me gustara tanto fotografiar alimentos si los libreros en casa rebosaban de libros de cocina: páginas brillantes y suaves que mostraban platillos de todo el mundo, postres, cremas, salsas, todo acompañado de un sistema exacto, de un lenguaje propio de la cocina: tzs., cdt., pizca, dente, al gusto. Una maravilla. En esa casa se crearon los Clementes, unos postres con forma de medio huevo, costra de galleta y relleno de queso dulce. Años antes, cuando nací, planearon llamarme Clementina, pero siendo de apellidos complicados prefirieron un nombre más corto. No podrían saber entonces que mi aroma preferido sería cítrico, que mi color favorito sería el naranja y que soy amante a los jugosos gajos de esta fruta.

Al final, siempre he sido una clementina con sabor a dulce vino alemán.